
Con este tipo de prácticas los ciudadanos acaban acostumbrándose a corregir con humillación. A educar con escarnio público. Cuando una sociedad solo sabe castigar en público, olvida cómo acompañar en privado y se acaba criando a adultos que creen que gritar más fuerte es tener más razón”.
En la última década, Guinea Ecuatorial ha trasladado sus conflictos del patio de la casa a la plaza digital. Un audio, una captura o un video basta para convertir un problema privado en debate nacional. A la par, los temas sexuales sin ningún filtro circulan libremente y llegan directo a niños y adolescentes. Este artículo reflexiona sobre cómo esta costumbre erosiona la empatía, la confianza y la moralidad.
En Malabo, Bata, Ebebiyín o Mongomo, el procedimiento ya es el mismo. Alguien se siente herido, estafado, traicionado o simplemente incómodo. Antes, el paso lógico era buscar a los mayores, a un familiar, a un vecino de respeto, o simplemente acudir a una autoridad certificada, hoy el paso uno es otro: desbloquear el teléfono, abrir Facebook, WhatsApp o TikTok, y publicar.
No es un hecho aislado. Es una práctica que se ha normalizado en los últimos años. Y cuando una práctica se repite tanto, deja de ser anécdota para convertirse en cultura. El problema no son las redes. El problema es el uso que le dan los usuarios.
Del diálogo a la exposición y el anhelo a la justicia express
Resolver un conflicto hablando requiere tres cosas que hoy escasean: tiempo, coraje y la voluntad de escuchar al otro aunque no te guste lo que diga, mientras exponer en redes solo requiere un móvil inteligente y datos móviles, por eso se ha impuesto la «justicia express». Algunos usuarios hacen publicaciones para evidenciar situaciones adjuntando pruebas o ridiculizar a los demás y en minutos tener 200 comentarios, 500 reacciones y un veredicto popular, que a veces no determina la culpabilidad o la responsabilidad legal de la acción denunciada.
Esa rapidez esconde un vacío. Cuando se lleva el problema a lo público, en ocasiones deja de buscar reparación y empieza buscar validación. Ya no solo se trata de querer solucionar, sino simplemente tener la razón delante de todos.
Esa dinámica está dejando tres consecuencias profundas en la sociedad ecuatoguineana:
1. Pérdida de empatía
En la pantalla el otro deja de ser persona. Se vuelve un nombre, una foto de perfil, «el culpable». Se deja de ver su contexto, no se le aplica el beneficio de la duda. El algoritmo no premia la comprensión. Premia la indignación. Y los usuarios, sin darse cuenta, aprenden a reaccionar con rabia antes que con pregunta. Una sociedad sin empatía se vuelve fría, reactiva y cruel.
2. Erosión de la confianza
Vivir sabiendo que cualquier error puede terminar viralizado genera miedo. Miedo a discutir, miedo a deber dinero, miedo a fallar en una relación.
La confianza se construye con la seguridad de que puedes equivocarte y corregirte en privado. Si se rompe eso, se rompe base de la familia, de la amistad y del trabajo. ¿Quién va a confiar en alguien que mañana puede subir una captura de una conversación privada?, hay ejemplos que se puede señalar pero no es la intención de este texto.
3. Endurecimiento del cariño
Con este tipo de prácticas los ciudadanos acaban acostumbrándose a corregir con humillación. A educar con escarnio público.
Cuando una sociedad solo sabe castigar en público, olvida cómo acompañar en privado. Y sin corrección amorosa, solo queda la dureza. “Criamos adultos que creen que gritar más fuerte es tener más razón”.
Ante todo lo expuesto anteriormente, prohibir las redes sociales no es la solución. Sería como prohibir el cuchillo porque alguien se cortó. La solución es aprender a usarlo bien, se podría optar por restituir el diálogo como primera vía
ante un conflicto, saber hablar o buscar mediación familiar, comunitaria o institucional.
La exposición pública debería ser el último recurso y nunca con la intención de destruir la vida de la otra persona. Denunciar un delito es una cosa. Exponer una deuda o una infidelidad es otra.
También, es aconsejable practicar la ética del cuidado. Se puede denunciar sin deshumanizar. Se puede estar en desacuerdo sin destruir la dignidad del otro. Corregir es un acto de amor. Atacar es un acto de violencia. La persona ha de reaprender la diferencia.
Educación mediática en escuelas y comunidades
Los jóvenes deben saber que lo que se sube, se queda. Que internet no olvida. Que una publicación puede costar un trabajo, una relación o la salud mental.
En caso contrario a estas posturas, tendremos una sociedad donde nadie confía en nadie porque todos temen ser expuestos. Tendremos jóvenes que aprendieron sobre el amor en los comentarios y sobre el respeto en los memes. Tendremos comunidades donde el miedo reemplaza al cariño y donde el escándalo reemplaza al diálogo.
Con este tipo de prácticas los ciudadanos acaban acostumbrándose a corregir con humillación. A educar con escarnio público. Cuando una sociedad solo sabe castigar en público, olvida cómo acompañar en privado y se acaba criando a adultos que creen que gritar más fuerte es tener más razón”.



